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Un verano de historieta

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Ese año no nos habíamos podido ir de vacaciones. Mi papá había cambiado el auto hacía muy poco y todavía tenía que terminar de pagar la hipoteca de la casa. Algunas veces, discutían sobre eso con mi mamá. Yo no entendía exactamente de qué se trataba. Pensaba que nuestra casa era nuestra. Pero, por alguna razón, los gastos debían disminuir para poder solventar ese pago.

A pesar de la crisis que había sufrido el país unos años antes, siempre habíamos podido viajar a diferentes lugares. Sin embargo, mi familia nunca ignoró la situación que se vivía alrededor. De hecho, por ese entonces, mi papá era un activo militante político. Por supuesto, yo no era muy consciente de lo que ocurría, pero recuerdo que un día en la noche, mi papá y mi mamá nos despertaron a mi hermana y a mí para ir a una protesta en el centro de la ciudad. Las personas llevaban cacerolas, sartenes, cubiertos y algunos otros utensilios de cocina para hacer ruido. Para sorpresa de mis padres, yo estaba muy animada y quería quedarme allí entre la masa de gente, pero los berrinches de mi hermana menor ganaron y finalmente nos fuimos.

El tiempo había pasado y si bien parecía que todo estaba más calmado, igual había que ajustarse. Ese verano de 2005 nos había tocado a nosotros. Por mucho que no quisiera, iba a tener que quedarme en casa y ver con qué entretenerme.

En octubre había cumplido 11 años, así que los dibujitos animados que siempre veía comenzaban a aburrirme. Solía jugar seguido a diferentes juegos de computadora, pero como quería probar algo nuevo, fui a la biblioteca de mi papá. Este, para mí, siempre había sido un lugar único, aunque nunca me había animado a tomar algunos de sus libros. Sobraban tomos de la Revolución Rusa, fotografías del Che Guevara y diplomas de homenaje por defender la soberanía argentina de Malvinas en 1982. Mi papá había sido uno de esos soldados de 19 años que sin ninguna capacidad militar había tenido que dejar su vida para sumergirse en una guerra sangrienta, pero esa es otra historia.

Los gustos de mi papá eran muy diversos y, por eso, lo admiraba. Porque, así como podías cansarte de leer títulos de política y filosofía, en esa biblioteca había cassettes, discos y vinilos de bandas como los Hollies, los Beatles, Queen, Dire Straits y mucho pero mucho jazz. También había novelas de grandes escritores como Alejandro Dumas, Gustave Flaubert, Robert Louis Stevenson, Oscar Wilde y Julio Verne. Pero, a su vez, podías encontrar las primeras ediciones de la revista Caras y Caretas, historietas de Marvel y DC y algunas otras argentinas, como Patoruzito.

Estas últimas habían llamado mi atención. Eran cientos y estaban apiladas en orden. Se encontraban en un baúl de antaño que nos había regalado mi abuelo. Para cualquier niño o niña de mi generación, eso hubiera sido algo demasiado vetusto como para querer leerlo. Por esos años, mis compañeros de escuela leían Harry Potter y cada vez que salía un nuevo libro era furor. A mí nunca me había gustado. Lo terriblemente fantástico me parecía aburrido y exagerado. Además, como siempre había querido diferenciarme de los demás, esta no iba a ser la excepción. Así que tomé una de esas historietas y me fui.

Al salir de la biblioteca no sabía si permanecer en el patio o dar unos pasos más y leer en el parque debajo del pino. Pero ni bien recordé que la lavanda era el lugar favorito de las abejas, decidí quedarme en el patio. Me senté en la mesa frente a la extensa enredadera verde, la preferida de mamá, aunque en otoño ella misma admitía que era un dolor de cabeza.

La historieta tenía un tamaño rectangular y no era muy grande. Algunas hojas estaban rotas y otras muy amarillentas, por el paso del tiempo. No recuerdo exactamente de qué se trataba esa aventura en particular que empecé a leer, pero sí sé que me enredó de inmediato la simpatía y el compromiso con la justicia que tenía su protagonista.

Patoruzito era un pequeño cacique tehuelche que vivía en la Patagonia con Ñancul, el capataz de la estancia, la Chacha, su niñera y cocinera, y Pamperito, su fiel caballo. También, estaba el pícaro de Isidorito, un niño ambicioso de Buenos Aires que casi siempre “metía la pata”, pero su amigo Patoruzito terminaba por ayudarlo. En todas las historias, el cacique se enfrentaba a un misterio. Debía resolverlo, atrapar al malhechor y así hacer justicia por él y por sus amigos. Siempre lo lograba. Definitivamente era el héroe de su comunidad.

Así fui enredándome más y más en cada una de las “correrías” de Patoruzito. El calor era extenuante, pero no me importaba. Iba a la biblioteca de mi papá, abría el baúl y sacaba una nueva. Tanto así que hasta mi propio padre se sorprendió.

“Ah, al final te hiciste fanática de Patoruzito”, recuerdo que una vez me dijo. Creo que le daba felicidad verme leer con tanta efusión historias que él mismo había leído de chico.

Hoy me parece extraño haberlo empezado a leer en pleno siglo XXI. Porque, sí, está plagado de estereotipos y de referencias sociales discutibles. Incluso cuando intenté leer Patoruzú, la versión grande de Patoruzito, no logré engancharme. Isidoro, ya me parecía machista y pedante. La ingenuidad, la dulzura y la ternura de los personajes pequeños, incluso, de Pamperito, aquí ya no estaba. No encontraba la magia que me había enamorado de las aventuras de ese niño cacique. No solo la vestimenta y las boleadoras, no solo las empanadas de la Chacha, no solo las tonterías de Isidorito, también queda en mi memoria el lenguaje que usaban. Son inolvidables los “Huija, canejo”, los “Chei” o los “Po”. Me resultaba increíblemente divertido leer algo que nunca había escuchado decir a alguien a mi alrededor.

Ese verano Patoruzito había logrado entretenerme, tanto así que cuando quise darme cuenta febrero ya estaba terminando y faltaba poco para volver a clases. Como la temperatura había bajado considerablemente aprovechamos con mi mamá para ver los nuevos uniformes. Así que, ese día no tuve más remedio que pausar mi lectura.

Recuerdo que ni bien terminamos de comprar la ropa para el colegio, mamá pensó que sería buena idea visitar a la abuela Mica. Tomamos el tren y nos bajamos en Urquiza, no sin antes pasar por una panadería en Monroe y Triunvirato. Mientras esperábamos el semáforo para cruzar, empecé a sentir algo muy raro en mi cuerpo, como si me estuviera haciendo pis. Ni bien noté eso, supe de qué se trataba. Mis primas, que me llevaban algo menos de 10 años, me habían hablado de la menstruación y de algo así como “hacerse señorita”. Al parecer, eso me estaba sucediendo a mí en ese preciso instante. Pero no dije nada. Cruzamos y fuimos caminando a lo de la abuela. Llegamos y estuvimos ahí por un rato. Yo seguía sin decir nada. Me sentía confundida y tenía vergüenza de decir lo que me estaba pasando. Cuando finalmente nos fuimos y llegamos a casa, le dije a mi mamá que tenía sangre en mi ropa. No recuerdo muy bien qué dijo, pero me consoló y me trajo rápidamente una toallita. Me explicó cómo se ponía y yo seguí sus instrucciones. Realmente se sentía muy raro, era como tener un pañal. Pero no podía hacer nada más que seguir con mis actividades.

Retomé la historieta de Patoruzito donde la había dejado y comencé a leer. Seguía sintiéndome rara, aunque tenía que continuar como si nada. Después de ese día, leí mis últimas Patoruzito. Mi mamá me había llevado al médico y después habíamos ido a comprar los útiles escolares.

Ese 2005 fue distinto a todos los anteriores años. Estaba por empezar sexto grado, iba a crear mi primer mail, iba a tener mi primer celular, iba a empezar a escuchar Green Day y con el tiempo iba a leer libros que me fascinarían como La Invención de Morel, El Señor de las Moscas y, sobre todo, Un Mundo Feliz. Todo había cambiado. Yo había cambiado. Sin embargo, Patoruzito seguía en mi corazón. Esos días de risas y de intriga ya eran parte de mi vida.