Sostener, explotar, cambiar y el deseo
Detesto las frases vacías sacadas de un manual de autoayuda barato que dice: “Todo cambio siempre es para mejor”. Los cambios pueden ser buenos o malos, no todo debe ser tan ingenuamente optimista. Por favor, seamos honestos. Sucede que en una sociedad como la que vivimos habitar el dolor o incomodar, molesta. La fórmula es simple: ser una pieza más del engranaje, seguir “funcionando” y ya. Solo que, a veces, continuar girando en la rueda tiene un límite.
Hace algunas semanas, experimenté una situación de esas que uno no quiere experimentar. Fue una combinación de emociones entre la vergüenza, la bronca, el enojo, la tristeza, el dolor y el alivio. Esta última me mantiene en eje. Es como aceptar que tenía que pasar porque era lo que también necesitaba. Un cambio forzado pero no tanto. Tal vez ocurrió así porque no pude decidir qué hacer antes.
La duda es algo que me habita desde que tengo casi uso de razón. Sin embargo, durante este período, dudé más que nunca. Duda que me costó vivir un momento de expulsión. Durante años estuve inmóvil ahí, con mi 4 de oros. Sí, me voy a referir al tarot.
El palo de los oros habla específicamente de las cuestiones materiales y de la seguridad. Es la tierra, el piso, lo que nos mantiene en pie. En la carta del 4 de oros, se ve a un hombre con una pequeña corona sentado en las afueras de lo que parece ser una ciudad. En sus manos tiene agarrada una moneda con mucha fuerza. Otras dos monedas se encuentran debajo de sus pies y la cuarta arriba de su cabeza. El hombre está resistiendo, está cómodo en su incomodidad y es incapaz de moverse por miedo a perder lo poco que tiene.
En estos últimos años, me sentí así. Frente a la inestabilidad y la angustia que ya eran parte de mí, lo único que podía hacer era agarrarme a lo poco que tenía en mis manos, aún cuando sabía que no era lo mejor.
Un día como cualquier otro llegó La Torre. Otra carta de tarot, en este caso, temida por muchos. Acá se puede ver algo muy claro: dos personas se caen de una estructura que se está derrumbando. La Torre no avisa, simplemente hace su aparición estelar y se lleva todo consigo. No obstante, en algún punto, uno podía intuir que ese lugar, esa situación iba a explotar en cualquier momento. La cosa es que si no te vas antes, entonces, te tocará caer de manera obligada para poder sobrevivir. A veces, es la única manera de salir.
La Torre acaba de hacer lo propio en mi vida. Llegué al piso aunque todavía quedan escombros por sacar. Mucha limpieza por hacer. La incertidumbre y el dolor no se han ido. Los procesos de La Torre son expulsivos, pero no por eso todo cambia de un día para el otro.
El famoso “cambio” a mí me viene a tocar en diferentes ámbitos, ámbitos de los que no podía moverme y en los que vacilaba una y otra vez. Hace exactamente un mes, no pensé que mi gata Juno y yo nos encontraríamos habitando otro espacio. Hace un mes, no pensé que mi rutina laboral cambiaría radicalmente. A pesar de que era lo que más deseaba.
El deseo es un tema curioso. Hace poco recordaba una situación particular que viví cuando tenía unos 6 o 7 años aproximadamente. En uno de mis cumpleaños, Cristina, una amiga de mi mamá, me regaló una remera azul que me parecía hermosa, pero era algo corta. Cuando me la probé dije: “Me gusta, pero se me ve la panza y el rollo. No puedo ponérmela”. Me dio bronca porque en verdad quería usarla. Así que la guardé en un cajón y la escondí debajo de otras remeras para no verla y no acordarme de que quería usarla. Pero cada vez que abría el cajón, alguna parte de la remera se veía y me enojaba. Sabía que quería usarla, pero decidí seguir ocultándola. Mi deseo siempre estuvo contrariado por el supuesto accionar o pensar de “el otro”, un “otro” muy cargado de mis propios prejuicios y restricciones que hoy intento comprender.
Volviendo a los cambios. No tengo conocimiento de cómo me impactarán a largo plazo los cambios que se dieron en mi vida en estas últimas semanas. Pero puedo decir que no seguir girando en una rueda a toda velocidad sin saber por qué lo estoy haciendo me ha devuelto el aliento, al menos, por ahora. De ninguna manera voy a ser una optimista ingenua.