Las intrusas
Angustia y Soledad vinieron para quedarse. Se han hecho cargo de mi cuerpo, un cuerpo que no se conduce solo sino con la presencia de ellas. Antes, digo, hace varios años, nos las conocía. No podía reconocerlas siquiera. Podía intuir cómo eran, pero las veía desde lejos.
La cosa cambió de repente en los últimos meses de mis 28: Angustia y Soledad se acercaron de golpe hacia mí y comenzaron a perseguirme. Yo estaba aterrada. No podía escapar. No encontraba un camino, ni una sola salida para evadir su presencia hasta que lo lograron: me atraparon.
Ahora, no puedo vivir sin ellas. Me veo inmersa en sus diálogos punzantes día y noche. Me levanto y las escucho. Me acuesto y las escucho.
No me dejan sola un segundo. Estoy cansanda. Angustia y Soledad, ¿se irán algún día?, les pregunto una y otra vez.
No me responden. Me miran fijamente y se alejan hacia el otro lado de la casa. Pero siguen ahí. No se van.
No tengo un plan para expulsarlas.
Quizás la única alternativa sea emprender la huida.