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Domingo en la mañana

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Son las nueve de la mañana de un fin de semana cualquiera de enero, pero hace frío. La temperatura bajó notablemente luego de las ráfagas de viento de anoche. Salí a caminar para despejarme de un momento caótico que me atraviesa desde hace meses. Bajé las escaleras, pensando en que sería mejor quedarme acostada en la cama hasta el mediodía. Sin embargo, esta vez no le hice caso a mis pensamientos y continué caminando hasta llegar a la puerta.

Hacía mucho que no salía del departamento, a veces no tenía ganas, otras ni siquiera fuerza para moverme. Cuando empecé a dar los primeros pasos en la vereda, un rayo de sol muy suave tocó mi cara, un conjunto de hojas secas volaron sobre mis pies e instantáneamente me trasladé a un pequeño recuerdo de mi infancia.

El aroma, la brisa, no sé bien qué, pero de pronto estaba en mi casa de chica poniéndome ese vestido verde musgo que amaba, las medias largas de lana y las guillerminas que recién había lustrado mi papá. Era domingo y me estaba preparando para ir a la misa de las 11 de la mañana, no sin antes pasar por la mesa que había preparado mamá. El café con leche era obligatorio, la comida podía variar. A veces fruta, otras medialunas o tortitas negras y algunas otras pan con manteca. Papá solía traer del almacén de la esquina de casa un dulce de leche en caja que me encantaba ponerle a las tostadas. Ese día no había sido la excepción.

La parroquia del colegio al que mi hermana menor y yo íbamos quedaba a unos 15 minutos de casa, así que a las 11 menos cuarto teníamos que salir. Mientras buscaba cómo ponerme todas las hebillitas que me había comprado en la tienda más famosa de accesorios de la ciudad, papá nos esperaba en el auto para llevarnos. Durante el viaje casi siempre sonaba Bob Dylan, los Hollies, los Beatles, Carly Simon o alguna banda de jazz que solo mi papá conocía.

Recuerdo ese trayecto como uno de los más placenteros de la semana. Siempre pasábamos por una calle que tenía dos árboles muy llamativos: uno más grande y el otro más pequeño. Con mi hermana solíamos saludarlos y hasta nos habíamos adjudicado uno para cada una.

Al llegar y antes de bajar del coche, papá me preguntaba si tenía el “cartón”. El “cartón” era una especie de carnet que cada domingo las maestras debían sellar al término de la misa. Era requisito para tomar la comunión al año siguiente. Tengo casi la certeza de que nunca me lo olvidé.

Aunque no era particularmente fanática de ir a la iglesia, recuerdo esos domingos con mucha felicidad, en especial, aquellos de abril con un incipiente frío asomando por Buenos Aires. Creo que fue en ese momento en que descubrí que el otoño era mi estación favorita del año. El cielo siempre celeste sin ninguna nube, el viento muy leve y mi sonrisa de oreja a oreja ingresando a la parroquia que ya tenía a varios de mis compañeros sentados esperando que la misa comenzara.

Segundos más tarde, me encontraba cruzando una Álvarez Thomas casi desierta. El recuerdo se había desvanecido. De repente, la apatía que sentía en mi pecho había vuelto, pero para mi sorpresa no era tan profunda como antes de salir de casa. Una lágrima se deslizó por mi mejilla y, si bien, miré a mi alrededor a ver si alguien me estaba viendo, me sentí un poco mejor. No podía solucionar nada de lo que tenía que resolver, pero al toparme con estos recuerdos de vez en cuando, vuelve a mí también esa niña tímida, romántica, pensativa y siempre atenta a los demás que algún día supe ser y que intento recuperar.