Dejar de sonreír
Angustia y Soledad vinieron para quedarse, se hicieron cargo de mi cuerpo, un cuerpo que no se conduce solo si no con la presencia de ellas. Antes, digo hace varios atrás, nos las conocía. No podía reconocerlas siquiera. Podía intuir cómo eran, pero las veía a lo lejos. Poco a poco, empecé a ver cómo se acercaban hacia mí. Primero caminaban a paso de hombre, luego empazaron a trotar y de un momento a otro, comenzaron a perseguirme. Yo estaba aterrada. No podía escapar, no encontraba un camino, ni una sola salida para evadir su presencia hasta lo lograron, me atraparon. Ahora, no puedo vivir sin ellas. Me veo inmersa en su complacencia día y noche. Me levanto y las escucho, me acuesto y las escucho.
Estoy cansada de no me dejen sola. Angustia y Soledad, se irán algún dia?, me pregunto y me pregunto casi todos los días. No me responden. Me miran fijamente y se alejan hacia otro lado de la casa. Pero siguen ahí, no se van.